Según un estudio realizado en Ecuador, el programa del Chavo del 8 es una mala influencia para la niñez. Después de 30 años de "vivir" como el Chavo, ahora entiendo muchas de las actitudes del mexicano.
Sin lugar a dudas, en mi niñez el programa del Chavo del 8 tuvo un lugar importante. Cada lunes era obligatorio reír con el tierno niño huérfano de la vieja vecindad, que rivalizaba con el presumido marinerito y se divertía a expensas del obeso dueño de la vecindad.
Sin embargo, años después y analizando fríamente el show televisivo, no puedo más que estar de acuerdo con los amigos ecuatorianos. Aunque hoy la televisión presenta en su mayoría basura, hace 30 años las cosas no eran muy diferentes. Antes, como hoy, eran pocos los programas de calidad y ciertamente el Chavo no era un programa de calidad.
La repitición hasta el cansancio de las mismas frases generaban risa proyectada (si es que esto existe).
"Es que no me tienen paciencia..."
"Se me chispoteó..."
"Eso, eso, eso..."
"Cállate, cállate, cállate que me desesperas..."
Y es hoy que entiendo por qué el pueblo mexicano está acostumbrado y acepta las mismas promesas de los políticos, elección tras elección.
"Presidente del empleo..."
"Presidente de la seguridad...."
"El verdadero cambio...."
Pasando ahora a otra crítica, nunca me gustó la mentira inicial del programa: "Este programa no contiene risas grabadas...". De niño nunca me importó, pero creo que la falta de seriedad en esa afirmación hace que el programa de Chespirito pierda algo de fuerza moral.
Bueno, aunque un programa de televisión no necesariamente debe ser "moral", el abuso de sobrenombres influye claramente en el insulto personal de la población general. Aquí en México somo expertos en apodar a los demás, y el Chavo, al ser de dominio popular, no faltaron las imitaciones a sus originales apodos e insultos.
"Cachetes de marrana flaca..."
"Vieja chancluda..."
No faltaba la niña de la cuadra feíta, o con lentes o con coletas que le decían la Chilindrina.
O el niño gordito del salón que para insultarlo le decíamos El Ñoño o El Botija.
La mala influencia del Chavo, como lo digo, es evidente, tal vez no dejaba al espectador nada de malo, pero tampoco nada de bueno; tal vez, dirá alguien, por lo menos divertía.
Lo acepto, divierte, te hace reír. Pero eso no es muestra de calidad, ni siquiera es humor inteligente, es vil pastelazo y repetición.
Si bien es cierto que la risa es buena, la violencia del programa es algo alarmante. No por lo grotesco, no por lo gore o sangriento, sino porque la violencia es hacia y de niños. Nunca olvidemos que el Chavo, Quico y la Chilindrina son "niños" de 8-10 años, y que los niños reales así lo captan.
Los golpes de Don Ramón al Chavo, las cachetadas y golpizas de Doña Florinda a Don Ramón, los puñetazos del Chavo a Quico, los pellizcos a la Chilindrina, los golpes "sin querer queriendo" al señor Barriga, son cuando menos señas de una violencia intrafamiliar.
Hoy en día, sabemos que 1 de cada 4 mujeres sufre vejaciones, abusos y golpes de parte de su pareja. Hoy conocemos que 3 de cada 10 niños son abusados en sus hogares.
Y claro que el Chavo no es el culpable; sería estúpido afirmar algo así. Sin embargo, la realidad es que vivimos en un ambiente violento y el estudio ecuatoriano nos revela que la influencia de la televisión, de ciertos programas, es real.
Y el mexicano de hoy es el resultado del niño mexicano de hace 30 años, curiosamente cuando el Chavo era la personalidad a seguir entre niños de 9, 10 y 13 años, justamente la sociedad adulta de nuestro país.
Hola
ResponderEliminarEstuve observando el blog y me encontré que no han colgado propagandas de época, los temas están interesantes
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